Reproducimos el artículo de opinión publicado en Social Sic, titulado: «Residencias: calidad de vida, atención y comunidad«:
En los últimos años, el concepto de desinstitucionalización ha ido ganando fuerza en los debates sociales y políticos, a menudo con un discurso simplista que presenta las residencias como espacios a superar, como si fueran sinónimo de rigidez, despersonalización y pérdida de autonomía. Pero, ¿es esto cierto? ¿O quizás es un eslogan que no refleja la realidad de las personas que viven y trabajan en ellas?
Los que conocemos de cerca el sector sabemos que las residencias son mucho más que un recurso asistencial: también son mi casa, son espacios de vida, adaptados a las necesidades de cada persona y con un equipo de profesionales que trabaja cada día para ofrecer una atención de calidad. Las residencias no huelen a institucionalización, como se ha dicho en algunas jornadas, sino que huelen a vínculos emocionales, a acompañamiento y apoyo personalizado, a actividades diversas, a participación e integración en la comunidad, a seguridad para la propia persona y para las personas que la acompañan.
Residencias sí o no. No es un debate de blanco o negro, sino de diversidad de respuestas. A menudo se asocia la desinstitucionalización con la necesidad de «salir» de las residencias, como si vivir en ellas fuera una opción negativa. No podemos caer en discursos de residencias sí, residencias no.
El debate debería ser mucho más realista. ¿Qué apoyos necesita cada persona en cada etapa de su vida? ¿Cómo garantizamos una atención digna y especializada adaptada a las necesidades de cada persona? ¿Cómo facilitamos la integración y la participación de la persona en la sociedad en lugar de aislarla de su entorno? Y para hacerlo posible, necesitamos un sistema flexible y bien dotado, con espacios grandes y pequeños, con apoyos intensivos y ligeros, con diversidad de entornos, una financiación adecuada y sostenible y con profesionales formados y bien remunerados.
Hay personas que pueden y quieren vivir de manera independiente con apoyos puntuales. Otras necesitan una atención más constante, una estructura estable y un entorno seguro. La clave no es oponer modelos, sino entender que la flexibilidad es el verdadero camino hacia la autonomía personal. La vida independiente no significa vivir solo, sino tener el entorno adecuado para desarrollarse con calidad de vida, y para muchas personas, ese entorno es una residencia.
Es necesario que garantizamos la atención de calidad para todos y el derecho a poder decidir para tener en consideración las diferentes realidades. Y esto no se hace eliminando modelos existentes, sino ampliando opciones, respetando diversidades y reconociendo que, para muchas personas, las residencias no son una imposición, sino una elección y una necesidad real.
Un espacio de oportunidades y bienestar
Las residencias de hoy no tienen nada que ver con las instituciones de otras épocas. Son espacios donde se trabaja desde un enfoque centrado en la persona, con actividades adaptadas, apoyos individualizados y profesionales especializados en ámbitos como la psicología, la enfermería, la terapia ocupacional o la educación social, entre otros.
Se promueve la participación en la comunidad con salidas y actividades, se trabaja para la integración en la comunidad, pero también se adapta el entorno para que aquellas personas que, por diferentes razones, no pueden salir fácilmente, puedan disfrutar de actividades dentro de su propio espacio de vida, sin limitaciones. Se trata de ofrecer opciones reales, no imposiciones ni discursos cerrados.
Menos prejuicios y más diversidad de respuestas
La cuestión no es si las residencias deben existir o no, sino si los servicios están bien dotados, si los apoyos son adecuados y si se respeta la diversidad de necesidades y deseos de cada persona. No es un debate de blanco o negro, sino de garantizar que cada persona tenga el acompañamiento que necesita, cuando lo necesita y en el entorno más adecuado para ella.
Porque, en el fondo, el lema no debería ser «la desinstitucionalización», sino uno que reflejara la diversidad de recursos sin cuestionar o señalar negativamente a ningún tipo de recurso. Estigmatizar un recurso asistencial perjudica a usuarios, familias y profesionales ante el conjunto de la sociedad.
Quizás el lema: «Entornos de vida adaptados»? ¿O cualquier otro que ponga en valor la importancia de garantizar servicios de calidad para todos?
Casi todo pasa por valorar especialmente la labor de los profesionales y de las residencias como espacios de vida digna, de oportunidades y de atención especializada y de calidad. Y también por valorar la responsabilidad de toda la sociedad para integrar a las personas, cada una con sus propias circunstancias, en su entorno más inmediato.
(Artículo escrito por la junta de la Coordinadora de Centros para Personas con Discapacidad Intelectual de Cataluña, CCPC)