Reproducimos el artículo de opinión publicado en Social Sic, titulado: «Modelos que inspiran, realidades que condicionan«:
Hace unos días tuvimos la oportunidad de visitar Gales para conocer de cerca su modelo de atención a las personas con discapacidad intelectual. Estos viajes nos permiten sacudir ideas, ver prácticas diferentes y poner en cuestión rutinas que, desde dentro, a menudo no revisamos suficientemente. También nos ayudan a situar mejor dónde estamos nosotros, qué hemos construido y qué posibilidades reales tenemos de crecer.
Vamos, a menudo, con la sensación de que lo que veremos será mejor. Pero una vez allí, constatamos que los otros modelos tienen aciertos, sí, pero también dificultades. Y que no todo es trasladable. Hay que entender contexto, cultura, estructura, historia…
De hecho, es importante ser conscientes de que muchos de los cambios o innovaciones que vemos no dependen de los gestores de los servicios, sino de decisiones estructurales y sobre todo decisiones políticas. Si no lo decimos, puede parecer que las carencias de nuestro sistema son responsabilidad de los equipos que trabajan en él cada día, y eso no sería justo.
En Gales hemos visto ideas potentes, una apuesta clara por servicios situados físicamente en la comunidad, flexibilidad en cambios de residencia según necesidades de la persona, unidades pequeñas, ratios elevados de profesionales, una base formativa más especializada, una atención a la complejidad desde el ámbito de salud y una mirada integradora y continuada de los apoyos. Pero también hemos visto algunos límites. No es fácil que el Gobierno pueda sostener en el tiempo un modelo tan intensivo en recursos, la ubicación física del servicio no asegura una atención más comunitaria, y una atención de un profesional por un usuario puede generar el riesgo de convertir los vínculos en dependencia.
El sistema Galés está bastante coordinado en el ámbito social y sanitario. Entre otros, los servicios de salud tienen equipos especializados para atender a las personas con discapacidad intelectual que acuden a los hospitales.
Todo ello implica más financiación, más personal, más especialización y, sobre todo, más responsabilidad pública. Es un modelo más avanzado, pero hay que tener claro que se requiere una estructura institucional fuerte y bien financiada, si no el modelo Gales no sería viable.
Reconocimiento y mirada crítica al mismo tiempo
Seguramente nos conviene hacer más a menudo estos ejercicios de contraste. Pero hacerlos con mirada crítica, y no idealizada. Porque, al mismo tiempo que vemos ideas, somos conscientes de que algunas son exportables y otras no.
Nuestro modelo no parte de cero, y eso es un activo valioso. Hemos y estamos construyendo miradas comunitarias y tenemos profesionales formados y comprometidos. Pero el reto no es solo mejorar lo que tenemos, sino atrevernos a cuestionar estructuras, esquemas y prácticas que pueden estar limitando nuestro potencial colectivo.
Nuestro modelo, con unidades más grandes, quizás no parece tan «modélico» a primera vista. Pero justamente esa escala permite que las personas vivan en comunidad, que se generen vínculos reales y relaciones significativas dentro de los servicios, y que la atención comunitaria no dependa solo de la ubicación, sino sobre todo del trabajo que se hace en ella, de la implicación del equipo, y de la actividad cotidiana.
Más recursos, sí. Pero también más compromiso institucional
Tenemos todo el derecho, y también el deber, de reclamar más recursos. Ahora bien, si queremos un sistema realmente centrado en la persona, hay que abandonar la lógica del «café para todos» y apostar por criterios que tengan en cuenta la intensidad y la complejidad de los apoyos. No todos parten del mismo lugar, hay desigualdades de partida, y no todas las necesidades son iguales. Esto quiere decir que algunos servicios requerirán más financiación, más atención y más personal especializado… y otros, quizás no tanto.
Y es aquí donde la Administración debe ser plenamente consciente del cambio estructural que habría que hacer si queremos avanzar hacia modelos más individualizados, más comunitarios y más intensivos en atención. No podemos hacer discursos sobre la vida independiente y la inclusión si no hay detrás una dotación presupuestaria real que lo haga posible.
Hacer política social responsable significa saber decir «sí» a la innovación, pero también «todavía no» cuando no hay garantías. Significa atreverse a poner límites, a ordenar prioridades, a avanzar sin perder pie.
Volver con preguntas, no con recetas
De Gales no volvemos con un modelo para copiar, sino con preguntas que nos interpelan y nos inspiran: ¿Estamos preparados para adaptar ideas a nuestra realidad? ¿Sabemos hacia dónde queremos ir? ¿Estamos dispuestos a impulsar los cambios estructurales que se necesitan? ¿Cómo avanzamos sin poner en riesgo lo que hemos construido con esfuerzo? ¿Qué posicionamiento adopta la Administración ante las nuevas realidades?
Hemos conocido propuestas interesantes, algunas fácilmente adaptables, otras que requerirán más tiempo y consenso, y también algunas que, sencillamente, no encajan con nuestro contexto. Pero lo más importante es que nos abren una oportunidad para repensarnos y para crecer con reconocimiento y apoyo por parte de la Administración.
Quizás la clave es esta: tener mirada larga, pero también los pies en la tierra, reconocer las carencias, pero también favorecer los aciertos, escuchar modelos de fuera sin renunciar a la esencia de lo que ya hemos construido. Y, sobre todo, confiar más en nosotros mismos. Porque si creemos que podemos mejorar, ya estamos dando un primer paso para hacerlo realidad.